Diversidad

El deporte como vehículo de integración

Saltar la valla. La única esperanza de muchos africanos para huir de la miseria y los horrores de la guerra. Pero es una riesgosa puerta de entrada a la Unión Europea

Karim Issa Abdou e Yves Kepse Tchonang saltaron hace unos años la triple valla de alambres y cuchillas que rodea el enclave de Melilla. Perseguían el sueño de lograr una mejor vida haciendo lo que les gusta, lo que mejor hacen, dedicarse al deporte.

Lo han cumplido a medias, aunque ambos han logrado formar parte de clubes deportivos. Su travesía empezó en Camerún, país de origen de ambos atletas. Yves abandonó su hogar, en la ciudad de Bafoussam, a fines de 2012. Se imaginaba jugando rugby en una liga europea. Hoy milita como pilar del Rugby Club Valencia.

Antes de llegar a la costa levantina sobrevivió desempeñando diversos oficios. Fue electricista, albañil y mozo de mudanzas, percibiendo poco más de 1,50 euros diarios. Con tan escasos ingresos, la posibilidad de cruzar el Mediterráneo se veía muy lejana.

Durante dos años recorrió Nigeria, Níger, Argelia, Mauritania, Marruecos para finalmente recalar en España. Sobrevivió a robos, que le quitaron sus ahorros de cuatro meses; vio morir compañeros de viaje, arrollados por un tren. Fue deportado de Marruecos a la frontera de Argelia en más de una ocasión. Sintió en su cabeza el frío metal de un arma en Nigeria. Pero nada lo hizo regresar.

Atrás quedaron sus días como jugador del equipo Los Rinocerontes de Camerún. Son recuerdos felices de una época donde los problemas económicos no eran acuciantes. Pero todo cambió cuando sus padres se jubilaron. A partir de ese momento la presión por salir de su país se fue haciendo insoportable.

Logró cruzar la meta en 2014, cuando finalmente llegó a España. Aquí tampoco ha sido fácil, pues legalizar su situación le llevó algún tiempo. Ahora, ya con sus papeles en regla, campea en las canchas con sus 112 kilos de acerada musculatura.

Sin embargo, no es el deporte lo que le da el sustento. Trabaja durante el día en el doble cargo de recepcionista y electricista en el polideportivo donde entrena. Esos 850 euros mensuales cubren sus gastos y lo mantienen firme en su deseo de jugar rugby a nivel profesional.

Para Karim la travesía fue aún más ruda, si cabe. Proveniente de un pueblo nómada, salió de su casa con apenas 10 años de edad. Cuatro años le llevó llegar a la ciudad de Marruecos.  Paró en Nigeria donde se desempeñó como ayudante de cocina.

Siendo un niño, fue presa fácil de ladrones, que lo dejaron sin nada en más de una oportunidad. Vivió tres años el bosque de Gurugú, esperando el momento de cruzar hasta Melilla. Fueron varios los intentos fallidos, hasta que en una madrugada de 2008 pudo traspasar la valla. Como recuerdo le queda una enorme cicatriz en el muslo izquierdo. La muestra con orgullo, es su medalla por haber sido de los cuatro afortunados, entre más de cien que lo intentaron, que lograron cruzara la cerca esa noche.

Ya en la península, conoció lo que significa dormir en la calle. Pasó dos semanas a la intemperie en Sevilla y casi un mes en Madrid.

Hoy juega en el equipo Alma de África, una asociación deportiva de la segunda división del fútbol andaluz. Allí, en Jerez de la Frontera, hacen vida jugadores de Camerún, Marruecos, Nigeria, Senegal y Guinea.

Karim aún espera por una residencia legal. Mientras, gracias a los estudios de ESO culminados y el curso de electricista que completó, se gana la vida haciendo instalaciones eléctricas, lavando coches o cuidando jardines. Lo que sea para sobrevivir.

De su pasado nómada no quedan rastros. Hecho raíces aquí y hasta contrajo matrimonio con su novia española. Pero la nostalgia por su familia aún le atiza de vez en cuando.

Lo mantiene su fe en que algún día cambiará su suerte y emulará a Etoo en un equipo de primera división.